LA ESPERANZA
La noche era oscura como boca de lobo, la mar estaba revuelta, las olas eran muros de agua que se levantaban una detrás de otra. La pequeña barquilla subía y bajaba por ellas como barquillo de feria. Los cuatro hombres y dos mujeres, ambas con un niño en brazos se sujetaban a la barca como podían, estuvieron varias veces a punto de irse a pique.
La noche seguía oscura ya ni siquiera sabían donde estaban, salían de una tierra árida, pobre, hinospita, seca y dura. Se dirigían hacia la tierra de promisión, no sabían donde iban, sabían que a lo lejos, mas allá, había un mundo donde podrían comer todos los días, donde podrían vivir y rehacer sus vidas y ser felices. Y allí se dirigieron.
La compra de la pequeña y vieja barquilla se llevo casi todos sus ahorros. Montaron en la barca y ya llevaban día y pico, habían perdido el rumbo, ni siquiera las estrellas les ayudaba. El cielo estaba encapotado, la tormenta se cernía sobre ellos, los hombres estaban asustados, las mujeres con los niños en brazos gritaban:
¡Hay que remar! ¡Hay que remar!
El motor se había parado, uno de los hombres intentaba arreglarlo, estaban a merced de las olas. El mar los golpeaba con fuerza.
Era como si el destino quisiera probarlos hasta donde podrían llegar. ¿Cuáles eran sus sentimientos? ¿Tendrían valor?
Pero ellos seguían remando, estaban agotados pero remaban y poco a poco avanzaban. ¿Hacia donde? No sabían pero, allá a lo lejos a veces una pequeña luz parece que asomaba y hacia allí se dirigían, no sabían si llegarían pero empujaban la barca con fuerza, con ganas. Los niños lloraban, las madres intentaban callarlos con el pecho, pero ya no salía nada, eran jóvenes, eran duras, pero llevaban muchas horas luchando.
El frío era intenso, estaban calados hasta los huesos, pero continuaban, era una fe enorme la que les movía. Deseaban llegar porque no había otro camino, porque tenían que llegar o morir en el intento, porque otros esperaban, porque su familia la que habían dejado atrás esperaba, porque en su tierra se estaban muriendo de hambre, porque no había esperanza, porque era ese el destino que la vida aguardaba.
Había que echarse a la mar como fuera y había que intentar llegar. Sabían que a lo mejor no llegaban, lo sabían, pero lo intentaban.
La luz, la pequeña luz, se fue haciendo más grande, las olas ya sé veían romper en la costa con fuerza de titanes, ellos se dirigían a la luz pero no sabían como llegarían, como desembarcarían; al final a unos metros de la costa la barca se rompió y cayeron al agua, se oyeron gritos de pavor, de miedo, de rabia, tan cerca, estaban tan cerca y sin embargo que lejos estaban.
Intentaron nadar, las madres sujetaron a los niños contra su pecho mientras flotaban. Por fin el destino se apiado de ellos y una ola gigante les arrastro hasta una playa. Llegaron exhaustos, algunos sin sentido, pero en la arena estaban, habían llegado, los niños también se habían salvado, las madres besaban el suelo que pisaban, habían llegado a tierra. Pero otra travesía les esperaba. Quizás no corrieran peligro sus vidas, pero quizá fuera mas duro que la barca.
Se despidieron entre ellos en la noche cerrada, habían quedado en un cerro que se veía a lo lejos, cada uno se fue por un camino distinto por si alguien los buscaba. Las ropas tenían mojadas, estaban empapados, se dirigieron a los cerros que un poco mas lejos se divisaba, y entre rocas se escondieron como fieras asustadas. Esperando a que el día viniese para seguir caminando, no sabían a donde ir pero andarían buscando. El día se despertó con el sol calentando, los seis y los dos niños se despertaron, las fieras asustadas se convirtieron en seres humanos. Se arreglaron un poco el pelo, la ropa y bajaron andando, empezaron a caminar por uno de los caminos vecinales, llegaron a una estación, miraron la lista de trenes, los destinos y como si no se conocieran cada uno se puso en el anden. Habían sacado billete para la capital, el tren por fin llego, se subieron en el y de la mar se fueron alejando, ahora estaban en otra mar distinta llena de seres humanos o al menos por ellos se tienen. Algunos viajeros se les queda mirando, vestían normalmente pero la ropa la tenían muy arrugada y eso les delataba. La gente se quedo murmurando, todos sabían que venían del otro lado; al menos no se metían con ellos.
Y ala estación llegaron, estaban en la capital la selva de los humanos y ahora ¿qué harían?- se preguntaban, tenían poco dinero y no conocían nada, algunos podían entenderse con cuatro palabras aprendidas, pero los otros ni eso se sabían, las mujeres mas decididas a unos hombres de color se acercaron. Les preguntaron si sabían de algún sitio barato para dormir y quedarse; los hombres las escucharon. Eran hombres que en otro tiempo también llegaron, a través de otras fronteras o a través de otros pasos. Les dieron algunas señas y hacia allí se marcharon.
Era una pensión de mala muerte, solo una habitación para los seis lograron; pero los hombres, que no importa ser pobre para ser honrado, enseguida a las mujeres y a los niños con las cortinas les hicieron un cuarto. Y las dos mujeres y los niños en el se acostaron. Dormían en unos jergones en el suelo como ganado; les habían cobrado mucho para lo poco que les habían dado.
Pero estaban en la capital, al fin y al cabo lo habían logrado. Cuantos en el camino habían quedado; cuantos estarían nadando; cuantos sin saberlo su destino habían alcanzado.
Amaneció un nuevo día, y los seis a las calles se han lanzado, ha buscar algún trabajo.
Sabían que les iban a explotar; porque los compañeros les habían hablado. Sabían que esta gente que se decía tan honrada, les pagaría una miseria si lograban encontrarlo; serian explotados como animales. Pero ellos irían de buena fe, porque algún día, según el mar habían pasado también pasarían este trance de llegar a un sitio tan civilizado.
ARCADIO DOMINGO ARRIBAS
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